Outsourcing del juicio
Compré Alibaba siguiendo a un peso pesado. Aguanté dieciocho meses. Salí en el peor momento. Y aun así, repetí el patrón un tiempo después.
En el segundo trimestre de 2021 empecé a comprar Alibaba. Todos hablaban del «milagro chino» y Charlie Munger compraba decididamente. El hype en contra era enorme. Yo entendía los números y tenía la sensación de comprender el contexto. Veía en toda la operación un aire de oportunidad limpia: un «peso pesado» como Munger y yo, listos para demostrar al resto del mundo que estaban equivocados.
De salir bien, la recompensa sería una gran suma de dinero —la más grande hasta entonces—. Eso ya era estímulo suficiente, pero había algo más: disfrutar de la sensación que tienen los magos cuando ejecutan bien sus trucos y dejan boquiabiertos al público, porque en ese momento saben algo que el resto no. Los magos digo. Yo descubriría lo contrario.
Entré con una posición razonable que creció rápidamente intentando copiar el sizing de Munger a mi escala —no en valor absoluto, sino relativo—. Si él ponía una porción enorme de su patrimonio, yo me sentía forzado a seguirlo —sólo por mi percepción de la situación—. Pasé por alto un detalle importante: «él podía permitirse la jugada».
La acción empezó a caer. Munger amplió. Entonces hizo amago de subir. Yo aguanté. La acción cayó más. Munger volvió a ampliar. Y yo le seguí. Me dije a mí mismo algo que ya no suscribo: «él debe saber más que yo sobre este asunto, si aumenta es por algo».
Aguanté dieciocho meses. Y salí en el peor momento de Alibaba, durante el último trimestre de 2022 con una pérdida de más de la mitad de lo invertido (-58%) —la más grande desde entonces—. Ya no soportaba la presión de una posición tan grande en mi cartera que no dejaba de caer. Una lección costosa de mal juicio y mal timing.
A eso le llamo: outsourcing del juicio. «Subordinar» el análisis a la reputación de otro. Munger no falló, él entendía su tesis. El que falló fui yo, dos veces. Una por replicar el tamaño de su posición sin tomar en cuenta su contexto y el mío. Otra por aguantar la caída aferrándome a su biografía: «Esto cae, pero él sabrá por qué lo hace(mos)». La avaricia y un destello de ego ganaron esa partida.
Cuando Burry tuiteó «Sell.» en enero de 2023, vendí gran parte de mi cartera. Por una razón muy humana: «el miedo a revivir el episodio de Alibaba». Las posiciones que vendí habrían subido bastante en los meses siguientes. No perdí dinero, perdí el rally. Que es otra forma de perder —más barata—.
El mismo patrón. Dos caras de una misma moneda. Una vez por codicia con Munger. Otra por reflejo con Burry. Las dos veces dejando que la cabeza de otro decidiera por mí. Así aprendí que «nadie tiene una bola de cristal», sin importar las credenciales que tenga. Y desde entonces todo ha mejorado.
También que desequilibrar la cartera con una sola idea —por buena que parezca—, es la forma más rápida de hacer zozobrar un barco que, por lo demás, navega bien. El error no estuvo tanto en la tesis. Sino en los fundamentos y la ejecución.
Ahora invierto sabiendo que en algún momento llegará la «tormenta perfecta», y que cuando llegue voy a estar «solo al timón». No estará Munger. No estará Burry. Estaré yo decidiendo con mi dinero y mi criterio.
No importa tanto la tesis. Importa saber si vas a aguantar la tuya.
Gracias por leer.
—Sebastián