Lo que ganas (y pierdes) con los primeros 100K
Charlie Munger soltó una vez: «The first $100,000 is a bitch, but you gotta do it.» Los primeros 100K son una mierda, pero tienes que conseguirlos. La dijo en una junta de Berkshire y se quedó. Munger no era de adornar.
Tardé siete años en cruzar esa línea. Pero esto no va de cómo lo hice yo. Ni de atajos en el camino. Va de una clave importante que es mejor conocer antes de empezar: los primeros 100K no son sólo saldo. Son un umbral, que altera la personalidad de una misma persona.
Aviso: si has heredado 100K, o te ha tocado la lotería, etc. tal vez no te interese seguir leyendo.
Empecemos con la aritmética básica. En los primeros años todo lo conseguido sale de tus ingresos. El mercado aporta migajas. Un 7% sobre 20.000 son 1.400 al año —eso si se consigue el 7%, cuidado—. Un sueldo entero aporta más que un año entero de rendimiento. Tienes la sensación de no avanzar. Y no avanzas. Bueno sí, pero tan despacio que no se nota.
Aquí está la clave: «el primer tramo hasta los 100K no premia la inteligencia financiera. Premia el aguante.»
Puedes leer libros sobre carteras y diversificación y el efecto será marginal en tus finanzas comparado con ahorrar todos los meses sin saltarte ninguno. Y aún así, teniendo esto claro, la aritmética es solo la mitad del juego. La otra mitad es más sutil, por eso se escapa.
Esos primeros años moldean a la persona que los soporta. Que aprende a decir no a cosas que sí le apetecen y a priorizar como actitud habitual, no como una opción. El sueldo se convierte en horas de libertad acumuladas. Los gastos fijos dejan de ser sólo cifras para verse como años futuros adquiridos.
Usando la regla del 72 se puede trazar una línea: un 7% real anual duplica el capital cada diez años. 100K se vuelven 200K en una década (eso sin aportar nada más). Y 400K en la siguiente. Si empiezas pronto, el millón llega hacia los treinta y tantos años desde aquellos primeros 100K, y la mayor parte del trayecto ya no exigen tanto esfuerzo.
Morgan Housel, sintetizó esta idea cuando dijo: «el libro de inversión más poderoso del mundo debería tener todas sus páginas en blanco y titularse: Cállate y espera.»
Al acercase el umbral, se corren nuevos riesgos que es importante vigilar. El primero es el cinismo del veterano, piensas: «Ya está hecho lo difícil.» No lo está. Lo difícil cambia todo el tiempo, y descuidarlo es la vía rápida de volver a cero.
El segundo es la autoindulgencia. El ahorrador disciplinado que un día decide premiarse desordenando su sistema. Munger tenía otro pensamiento brillante para esto: «la primera regla del interés compuesto es no interrumpirlo nunca sin necesidad.»
El tercero —y tal vez el más cruel—. Perder la capacidad de disfrutar del propio esfuerzo. Renunciando a toda compensación personal (lo opuesto al punto anterior). Hay que evitar los extremos. Ni por tanto, ni por tan poco.
Sí. El camino es duro —no nos engañemos—. Y eso forma parte del juego. Pero tras ese esfuerzo hay un beneficio que supera con mucho el saldo de la cuenta: la persona en la que te conviertes para llegar allí. Eso te cambia para siempre.
Los primeros 100K te blindan, convirtiéndote en una persona muy difícil de batir.
Gracias por leer.
—Sebastián