Vencedores derrotados por la suerte y el riesgo
Confundimos un buen resultado con un buen juicio. Casi todo lo que llamamos criterio es, en realidad, lectura del marcador final.
El 1 de febrero de 2015, faltando veinte segundos para acabar la Super Bowl, Pete Carroll mandó lanzar un pase desde la yarda uno. La pelota fue interceptada. Los Seahawks perdieron y Carroll pasó de la noche a la mañana de entrenador audaz a entrenador estúpido. La estadística le daba la razón. La interceptación del pase se la quitaba.
Lo que se juzgó fue el resultado, no la decisión. Tendemos a confundir un buen resultado con un buen juicio. Así, casi todo lo que llamamos buen juicio es, en realidad, la lectura de un marcador final.
Howard Marks, citando a Peter Bernstein dijo: «el riesgo significa que pueden pasar más cosas de las que de hecho pasarán.» La decisión correcta nunca elimina las que no pasaron. Solo elimina la probabilidad de que pasen.
Richard Fuscone, ex ejecutivo estrella en Merrill Lynch, amplió su mansión en Greenwich con lujos excesivos. En 2008, un juez dictaminó que la casa en cuestión ya no valía lo suficiente para cubrir su deuda. A pesar de tres décadas de sofisticada experiencia financiera, Fuscone no consideró un riesgo predecible. Esto llevó a Carl Richards a decir: «el riesgo es lo que queda cuando crees que ya has pensado en todo.»
Ahora gira la moneda. En 1999, Ryan Jacob lanzó un fondo de internet —sí, en 1999— con ese punto exacto de timing absurdo. Rentó un 216 % durante unos meses. Los inversores metieron trescientos millones en cuatro semanas, atraídos por un proceso que no existía: «solo un calendario afortunado». Para 2002 el fondo había perdido el noventa y dos por ciento de su valor. La misma persona, el mismo método, dos retratos opuestos según en qué año hicieras la foto.
Nassim Taleb llamó a esto «historias alternativas». Lo que pasó es una de las cosas que podían pasar. Las otras se desvanecen sin testigos y solo nos queda el relato del resultado, que el cerebro vuelve coherente al instante.
Howard Marks —a quien siempre estoy citando— decía: «lo probable a menudo no sucede y lo improbable ocurre constantemente.»
Lo que llamamos talento es muchas veces el último ticket extraído del bombo. Lo que llamamos error es muchas veces la rama del árbol que tocó al de al lado. Carroll tomó una decisión sólida y perdió. Fuscone tomó decisiones —cuanto menos— cuestionables y ganó durante tres décadas. Jacob hizo magia con el azar y el mercado se lo cobró en intereses.
La próxima vez que mires un ganador o a un perdedor, la pregunta más interesante que hacerse es: ¿qué proceso les trajo hasta ese punto?
Mueve el foco del marcador final.
Gracias por leer.
—Sebastián